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La Sevilla de Judy: Un Romance Quijotesco

El Salón de Invitados - Meditaciones, Memorias & Epifanías Inspiradas en un Lugar

La Sevilla de Judy: Un Romance Quijotesco

Por Judy A. Cotter

¿Locura?  ¿Quién sabe en dónde reside la locura?
Demasiada cordura puede ser locura
Y lo más loco de todo:  Ver la vida tal como es,
Y no como debe ser

El Hombre de La Mancha

Érase una vez una niña de California a quien le encantaba  jugar, cantar y bailar con sus amiguitas.  Aquella rubita desenfadada y hechizada era yo.  El filtro de amor inicial era una canción que rezaba: “Si has vivido una vez en Andalucía y ahora te encuentras lejos de sus lares, tu corazón vivirá siempre en Andalucía, anhelando sus encantos.  Así es la leyenda que cuentan y conozco el hechizo mágico de esa tierra bendita…”  A la tierna edad de los cinco an͂os, la palabra “Andalucía” era solamente un sonido encantador evocando imagines de mi propia “Tierra de Nunca Jamás”.

Esta poción embriagadora se hizo aún más potente cuando presencié mi primera actuación flamenca en Los Ángeles.  Me quedé hechizada. Cuando todas mis compan͂eras se volvían locas escuchando a Elvis, Paul, John, George y Ringo,  yo me dedicaba a coleccionar discos de cante flamenco, tocándolos a pleno volumen mientras mis padres y los vecinos aguantaban el calvario musical, exasperados.  Estos interludios marcaron el comienzo de mis “Aventuras Quijotescas del Espíritu” que continúan  arropándome mientras vivo mi ilusión en directo en Sevilla.

Había realizado todas las maniobras de una trayectoria más tradicional y prosaica antes de mudarme a Sevilla hace más de dos décadas:  títulos en Lengua y Literatura Espan͂ola de la Universidad de Stanford, una casa cerca de San Francisco, y un puesto fijo de profesora.  Lo dejé todo para “volver a mi patria chica sevillana” donde actualmente ejerzo de escritora, traductora y profesora de Cultura y Sociedad Espan͂ola e Historia del Arte Espan͂ol  Mi aula de clase es Sevilla.  La ciudad es mi pasión y mi inspiración constante.  Mi máxima alegría consiste en compartir mi amor con alumnos y visitantes y mi aspiración duradera es trasmitir ese contagio.  Sevilla no es una amante celosa – abraza a todos y a cada uno de los que se encuentren presos en los laberintos de sus ancianas calles adoquinadas y perfumadas.

Judy A. Cotter


El flechazo de Cupido dio en el blanco la primera vez que visité a Sevilla en un “puente” naviden͂o durante mis estudios postgraduados en la Universidad de Madrid.  Me enamoré de los ritmos de Sevilla: las costumbres de su gente, la cadencia de su idioma, la música flamenca de sus fiestas perpetuas, el delicioso rito Báquico de las “copitas” y “tapitas”, el murmullo de su río, el azul incandescente de su cielo.  Me conmovió su espíritu, su duende y su cultura cuyas raíces se encuentran profundamente arraigadas en su perfil europeo, africano y medio oriental.  Sentí como si  hubiera “vuelto a casa”.  Bordando la imaginación un poco (o mucho), como es costumbre entre los sevillanos, hay una conexión hereditaria, aunque remota, entre mis abuelos rumanos, Sevilla y yo.  El emperador romano, Trajano, nacido en la ciudad vecina de Itálica, incorporó a Rumania al Imperio Romano –  ¡de aquí mis raíces latinas!

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Este “Espíritu Quijotesco” es una presencia viva en Sevilla.  En realidad, Cervantes engendró a su protagonista en una cárcel sevillana “donde cada incomodidad tiene su morada y cada ruido lúgubre su habitación…”

“Sevilla, La Maravilla” es, sin duda, uno de los grandes “Museos Vivientes” del mundo.  El paisaje, los sonidos, los perfumes, los sabores y la personalidad de la gente forman un compendio de culturas que abarcan más de tres milenios y cuatro continentes – Europa, África, el Medio Oriente y América.  Un poeta árabe, enamorado de esta ciudad donde casi todo se creía posible, exclamó: “Sevilla, no eres una ciudad, ¡sino un mundo!  Las maravillas esparcidas de otras capitales se han reunido en ti.  O, parte de Espan͂a, tanto más grande que el todo.”

Sevilla es uno de los mejores lugares del mundo para experimentar esta confluencia de culturas.  Los antiguos fenicios, los griegos, cartaginenses, romanos, judíos, visigodos, musulmanes (los bereberes del norte de África y los árabes del Medio Oriente), las dinastías de los Habsburgos, y los Borbones, todos han dejado huellas profundas en la cultura y la sociedad española.  Aquí en Sevilla, estas estampas son palpables en cada faceta de la vida de la ciudad – en su comida, música, costumbres, celebraciones, tradiciones, arquitectura y sobre todo en el carácter de la gente.

La palabra convivencia parece haber sido inventada para describir la evolución del modus vivendi de la gente Sevillana.  Durante más de tres milenios, una gran confluencia de pueblos llegaron a las orillas de Andalucía como si atraídos por un fuerte imán.  Muchos de los que vinieron, originalmente seducidos por el clima, la costa, los recursos naturales y el comercio, se quedaron para cultivar raíces que penetrarían profundamente al subsuelo andaluz.  Algunos de ellos llegaron a adoptar a España como “Madre Patria” y gozaron de muchos siglos de sentirse plenamente Españoles: los romanos (600 años), los árabes (800 años) y los judíos (1200 años).  En términos de cultura, cada andaluz es heredero de los romanos (paganos así como católicos), de los musulmanes y de los judíos.

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Anoche, muy tarde, mientras me paseaba por el casco antiguo de Sevilla, percibí un aroma que me dejó sin respiración.  El invierno sevillano me había tomado cautiva, como siempre me ha pasado durante los más de veinte años que llevo viviendo en esta ciudad mágica.  Levanté los ojos para ver un naranjo iluminado por un farol de hierro forjado y divisé un verde palio frondoso salpicado de cientos de diminutas flores blancas y fragantes, en pleno invierno.  El perfume del azahar  primero anuncia y luego viste a esta ciudad de su mejor ropa de gala.   El aroma intoxicante de estos perpetuos señoritos de las plazas, calles y jardines de Sevilla es el presagio de las fiestas de primavera milenarias de Sevilla – La Semana Santa, La Feria de Abril  (y su flamenco y toros), El Festival del Corpus y La Romería del Rocío.

Cuando el azahar desprende su perfume en cada rincón de la ciudad, la gente de Sevilla exclamará: “Ya huele a Semana Santa”. Sin embargo las palabras mismas no aciertan a tocar las emociones detrás de la frase.  El aroma despierta memorias, calienta la sangre, renueva la esperanza y durante momentos preciosos resucita la alegría de vivir.  Anuncia una nueva convivencia de la gente en un espíritu de comunidad, cooperación, regocijo y amor que ninguna ley pudiera decretar, pero que sí forman parte del ADN de los habitantes de esta ciudad.  ¡Cuidado – el espíritu es contagioso!  Infecta a las personas de cualquier edad y a través de todas las fronteras culturales.  Toreros y bailaores  flamencos japoneses han llegado a ser parte del tapiz ricamente bordado de la Sevilla eterna.  Los judíos, así como los no creyentes se han hecho participantes cautivos en el drama de la Semana Santa. Y las abuelas, en sus trajes de flamenco con volantes y lunares, bailan las Sevillanas con gracia y arte en la Feria de Abril.

Sin embargo, Sevilla es muchísimo más que una ciudad prisionera en el ámbar de sus tradiciones antiguas. Esta metrópoli moderna y confortable del Siglo XXI se enfrenta con su futuro mientras “torea” a los obstáculos de la construcción de un nuevo sistema de transporte público.  La Exposición del “92 aportó una infraestructura actualizada a Sevilla, un aeropuerto reformado, una estación de ferrocarril nuevo y un tren de alta velocidad, el AVE, que conduce a sus pasajeros con gran comodidad desde Madrid hasta Sevilla en menos de dos horas y media.   En Sevilla se encuentran algunos de los hoteles y restaurantes más elegantes, encantadores y originales de Europa.  Durante siglos, la ciudad ha servido, y continúa sirviendo, como imán para visitantes, estudiantes, artistas, escritores, y residentes de todas partes del mundo occidental y oriental.  La esperanza de vida es más larga aquí – la dieta mediterránea, la abundancia de frutas y verduras, el vino, la plétora de celebraciones anuales y la siesta conspiran para ejercer su magia. He adoptado a Sevilla como mi hogar porque creo que es el único sitio del mundo en donde se puede sentir ese pulso tan fuerte de “La Inconsciencia Colectiva”.  Este gazpacho  de culturas – los antiguos iberos, fenicios, tartessos, cartaginenses, griegos, romanos, moros, árabes, judíos, la cabalgata de reyes, exploradores, escritores, artistas y músicos han dejado sus profundas huellas en la vida de esta ciudad.  Además de los recuerdos arquitectónicos y artísticos de su presencia, las costumbres y los rituales cotidianos permiten que los sevillanos, igual que los visitantes, continúen comunicándose con estos ancestros de una manera visceral.  El quejío flamenco recuerda la escala oriental de los musulmanes y de los judíos; la omnipresencia de las aceitunas, el vino y el pescado evoca la herencia greco-romana; la Romería al Rocío remonta a los ritos de fertilidad paganos.  Y el simbolismo de la corrida de toros recuerda a los cazadores/pintores paleolíticos de Altamira y a los espectáculos celebrados en el anfiteatro de Itálica.

Estoy segura de que si Carl Jung jamás hubiera pasado la primavera en Sevilla, habría encontrado un auténtico “Museo Viviente” de su “Inconsciencia Colectiva” abarcando  culturas y tiempo.

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De una manera muy concreta, mi “Romance Quijotesco” con Sevilla ha involucrado a tres protagonistas: a mí misma, a Sevilla, y a “mi media naranja” – el artista y torero norteamericano, John Fulton.  ¡Un “ménage à trois” verdadero y público!

John es el único norteamericano que tomó la Alternativa para llegar a ser matador de toros en la prestigiosa “Real Maestranza de Sevilla” – un honor que John comparaba con un tenor coreano a quien le hubieran concedido el protagonismo en todas las óperas presentadas en la temporada de la Ópera de La Scala en Milán.  Esta búsqueda difícil de formar parte del mundo taurino español a menudo le conducía a John a considerarse un “John Quixote” del Siglo XX, cuyos molinos de viento eran los estereotipos ibéricos de lo que debe ser, o lo que no debe ser un torero.  No debe ser… alto, rubio y concretamente no un Americano “rico”.  John nunca abandonó su ilusión.

Después de una vida larga y apasionada dedicada a los toros, John se encontraba a la edad en que la mayor parte de la gente racional está contemplando su jubilación.   Pero nuestro John Quixote  se preparaba a torear los últimos dos toros de su vida en San Miguel de Allende, México (la misma plaza donde se había vestido de luces por primera vez cuarenta años antes).  En preparación para este acontecimiento trascendental y único, había comprado un aparto de ejercicios “Nordic Tract” del ultimo diseño.  Durante meses se dedicó a pintar y a seleccionar obras artísticas suyas que se expondrían en el Instituto de Arte de San Miguel de Allende, durante una semana entera dedicada a John Fulton, el artista.  Había diseñado su propio traje de luces y capote de paseo para estrenar en  la plaza histórica de San Miguel y había invitado a amigos y admiradores de todas partes del mundo para presenciar su despedida.

Su encuentro triunfal con los astados aquella tarde le concedió los máximos trofeos.  Mientras se le llevaban en hombros, a los gritos de “To-re-ro, To-re-ro”, la Dulcinea de John le regaló una estatua magnífica de bronce representando el Caballero de Cervantes.  La placa rezaba “John Quixote”.  Al asomarme por la barrera para entregar la estatua a sus manos extendidas, repetí las palabras de la obra musical, “El Hombre de La Mancha” que tanto le habían cautivado, en gran medida porque muchos de los amigos de John habían concluido que la máxima locura consistía en un encuentro con dos toros a estas alturas de su vida:  “¿Locura?  ¿Quién sabe en dónde reside la locura?  Demasiada cordura puede ser locura, y lo más loco de todo, ver la vida tal como es y no como debe ser.
Los otros talentos artísticos de John (siempre había considerado al toreo un arte) consistía en pinturas (temas taurinos y equinos e imágenes de poetas españoles), grabados, carteles, joyería, escultura, miniaturas, libros e ilustraciones sobre las artes taurinas, actuaciones en cine, baile flamenco y su habilidad innata para hipnotizar contando historias.  John y yo nos conocimos en Sevilla como resultado de mi enamoramiento de sus imágenes artísticas (sobre todo los que se inspiraban en la poesía de García Lorca) y la lectura de su libro “Bullfighting” en un intento de entender a un espectáculo que resultaba totalmente ajeno a mi espíritu anglosajón de aquel entonces.

El libro de John no solo me iluminó, sino también los más de veinte años que pasamos juntos enriquecieron a mi vida a través del viaje quijotesco emprendido que sigue en vigor hoy.  Durante su trayectoria, descubrimos que mis abuelos maternos y la madre de John nacieron en la misma aldea en Rumania.  John, igual que yo, nos criamos con los mismos cuentos de gitanos y memorias de comidas especiales y los mismos proverbios y giros de palabras.  En efecto, nuestros genes  pudieran haber tenido un vínculo común: ¡dos descendientes de Trajano, el Sevillano Romano,  juntándonos después de dos milenios en su Sevilla nativa!

!  La aventura terrestre de John se terminó el 20 de febrero de 1998, pero su espíritu queda como una presencia viva en Sevilla.  Tengo entre mis manos todos los avíos de torear (capotes, espadas, hasta los pitones del toro) y sigo ofreciendo conferencias y demostraciones sobre las artes taurinas a alumnos y visitantes.

Suelo ser acompañada en estas presentaciones por un matador profesional, el “Sancho” de John, Curro Camacho.  Hago el papel del toro, (siempre indultado), mientras Curro demuestra los pases, alentado por los gritos de “¡Olé!” del público.

El trozo que sigue es parte de un homenaje que compuse para John en el décimo aniversario de su fallecimiento:

Han pasado dos lustros desde tu despedida de este coso de Híspalis.  Se avecina otra primavera y las antiguas diosas esperan para saltar la barrera del tiempo, meterse en faena y recibir el burel de la muerte y de la vida.  Tu Sevilla sigue vistiéndose de luces: el azahar preparándose a desprender su perfume, los faralaes, los caireles, los equinos y bovinos esperando su momento para lucirse.  El arte, la gracia y el duende son protagonistas hoy como lo fueron cuando te tomaron preso por primera vez en tiempos de antan͂o.  Reconocerías el rostro de tu Sevilla, John.  Sonreirías y volverías a caer en el regazo de sus ritmos eternos.

Pero si nos hicieras una visita John, seguro que harías otro paseíllo entre una multitud de amigos que nunca te han dejado en el olvido.  Y tu brindis sería para esta Sevilla que tanto llevabas en la sangre y que ahora te tiene cautivo en el ámbar de su memoria para siempre.     Judy

***

Esmeradamente tejido dentro de lo que es la metrópoli avant garde de Sevilla, persisten ancianos ritmos tangibles y transcendentes de lo que debe ser.  Estos espíritus o duendes actúan diariamente, ejerciendo su llamada de sirena en momentos inesperados que cautivan al incauto para siempre.

La Convivencia vive… en el Alcázar, una Fortaleza del Siglo X, construida sobre un foro romano, restaurada por un el rey cristiano, Pedro I con la ayuda del monarca árabe de Granada, Mohamed V y el judío Samuel Ha Levi – un palacio en uso continuo desde hace más de 1,000 años.

El flamenco — pulsando con tonos orientales aportados por los judíos, árabes y gitanos de la India — los movimientos de las manos remontando a los bailes interpretados como plegaria a las ancianas diosas cretenses de la fertilidad.

La juventud y la tercera edad… celebrando juntas en la calle, en los bares, en los parques, en las orillas del Guadalquivir… una niñita gitana moviéndose a los ritmos flamencos mientras su abuelo marca el compás con su bastón y su abuela llora el quejío que parece brotar de la sangre colectiva humana.

Las Fiestas de Primavera… Semana Santa, la Feria de Abril, el anciano rito de los toros, todo con su simbolismo universal de resurrección. Los sentidos se animan: el vino sabe a gloria, la música vibra y los lazos de amistad se intensifican.

¡…como debe ser!

Como el Río Guadalquivir, cordón vital y transcendente vinculando a culturas milenarias, el espíritu quijotesco que brota de sus orillas está vivo hoy en ”La Sevilla de Judy”.  La presencia del Caballero Andante, su Escudero y su Dama es palpable.  El flechazo  encuentra su blanco y morada en una nueva generación de Don Quijotes, Sancho Panzas y Dulcineas – “Leyendas Vivientes” como Sevilla misma.

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